Tanatografía

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J siempre había oído que cuando alguien estaba a punto de morir, toda la vida pasaba por delante de sus ojos. Sin embargo allí estaba él, a punto de morir; o por lo menos, esa era su intención; no era la muerte quien había venido a buscarle, sino que era él quien iba a su encuentro.

Esa mañana se levantó como otra mañana cualquiera, fue al servicio, se enjuagó la boca, porque aun podía notar en ella el sabor de un sueño amargo, levantó a taza del water y vació aliviado su vejiga; llevaba toda la noche queriendo ir al servicio pero no tenía ganas de levantarse así que aguantó, hasta que el sueño le venció. Cuando sonó el despertador, como cada mañana, a las siete en punto.Tenía que impartir una clase a las ocho y media; y el instituto no estaba demasiado lejos de su casa; pero a J le gustaba desayunar tranquilo, sin prisas, y luego, sentarse en el baño a leer tranquilamente.

Tras éso solía cepillarse los dientes y afeitarse, si es que tenía demasiada barba, porque no solía afeiatarse con frecuencia, llevaba perilla y en ocasiones esta se confundía con la barba de tres días. Después se duchaba se ponía su colonia y desodorante habituales, se vestía e iba andando hasta al instituto, que por suerte estaba a unos quince minutos de su casa.

Pero ese día, trás cruzar la puerta no iría al instituto; no atravesaría la calle en direccion a la avenida sino que tomaría el camino opuesto, y subiría al autobús. Temía encontrase por la calle con alguien conocido que le preguntase que hacía por esos lugares a esas horas, Esa preocupación carecía de fundamento, J apenas tenía relación con sus vecinos, siempre habia sido una persona bastante independiente, solitaria, a veces en extremo, le gustaba la compañía, pero sólo de unos pocos, aquellos a los que el dejaba entrar en su vida, ciertamente era muy selectivo con sus amistades, pero si alguien le hubiese preguntado cual era su criterio de elección, no habría sabido responder.

Con estos pensamientos rondándole la cabeza llegó a la parada del autobús, hacía algo de frío, era invierno, y el día estaba algo nublado, pero no parecía que fuese a llover. Una chica de unos diecinueve años se le acercó a pedirle fuego, pero él no fumaba así que fue eso lo que contestó; éso, y un lo siento.

Entonces comenzó a sonreir pensando en lo absurdo de la respuesta. Cada vez que alguien le pedía fuego contestaba lo mismo. Entonces reparó en que jamás le habían preguntado si fumaba o no, y en que no tenia que disculparse por no fumar, despues de todo, no había nada de malo en no hacerlo.

Absorto en estas cavilaciones, escuchó como la chica le avisaba de la llegada del autobús:

  • ¿Va a coger usted esta linea verdad ?

  • Oh, si, si, claro, muchas gracias; estaba algo distraido.

  • No hay de que.

Ella subió primero, pagó su billete y tomó asiento. J subó acto seguido tras comprobar que no había nadie más en la parada. Se dirigió al fondo del autobús; Por un instante la chica lo miró y le sonrió, pero el hizo como si no la viera.

J se sentó alejado de la entrada, cerca de la salida, en un asiento para una sola persona para asi evitar el tener que compartir con alguien un rato de estúpidas charlas sobre el tiempo o cosas por el estilo. Pasó casi todo el trayecto, mirando por la ventana; su aliento empañaba el cristal, así que de vez en cuando tenía que pasar su mano por él para desempañarlo y poder seguir mirando la calle.

No tardó en llegar a su parada; cuando vio que se acercaba a ella, pulsó el botón de parada solicitada; y unos segundos después el autobús se había detenido; Se apeó de él y mientras éste se alejaba, pudo ver como la chica que le pidió fuego le miraba; J alzó la mano y le dijo adiós desde la acera; ella que le observaba desde su asiento, volvió a sonreirle de nuevo, como unos minutos antes lo habia hecho, aunque no comprendió porque J hacía éso; él sin embargo, sabía muy bien por qué lo hacía, sabía que si todo salía bien jamás volvería a ver a esa chica; ni a ella ni a nadie más; pero despedirse de ella, fue como despedirse de algún modo de todos aquellos a los que no diría adios.

El edificio al que se dirigía no estaba demasiado lejos de la parada, era uno de los edificios mas altos de la ciudad y su acceso, claro, era público; nadie le haría preguntas acerca de que hacía allí, y en caso de que se las hicieran bastaba con decir que era un familiar cercano, que venía de visita y que iba a esa hora porque estaría el resto del día ocupado. Jamás le había gustado ese tipo de edificios ; pero cada vez que había pensado en hacer lo que hoy se traía entre manos había sido siempre éste, el lugar que se le antojaba mas idóneo. Cruzó a paso ligero y algo impaciente la zona ajardinada, subió las escaleras que le conducían a la entrada principal y cuando quiso darse cuenta se encontraba dentro del hospital.

Respiró profundamente y tomó aire para relajarse; pues se encontraba algo nervioso. El ambiente tenía ese olor a latex y alcohol tan característico de los hospitales; que a su abuelo ponía enfermo.

  • Allí huele hasta raro- sola decir su abuelo-, como a medicina o yo que se- y J siempre soltaba una carcajada al ver la cara de asco que ponía su abuelo; que tenía verdadero pánico a los hospitales.

Tendría que subir alto si no quería fallar, después de todo estaba en un hospital general, y no quería que si algo salía mal, fueran capaces de salvarle; no, J ya no quería la salvación; ni en esta vida ni en otra- en la que por lo demás hacía tiempo que dejó de creer. Aun así resultaban muy curiosas la ideas que J tenía cada vez que pensaba en la posibilidad de otra vida ; pues para todo el mundo la otra vida generalmente es algo maravilloso, el paraiso. Bueno también había algunos que creían en el infierno, pero aun asi cuando la mayor parte de la gente piensa en otra vida despues de la muerte lo hacen para consolarse, para no tener que afrontar que algún dia tendrán que dejar de existir; y a menos que lleguen ser grandes personajes; su recuedo desparecerá también en el preciso momento en que desaparezcan todos aquellos que guardan algún recuerdo de ellos. Nada mas lejos de lo que el pensaba J acerca de la otra vida. J no deseaba otra vida ; es más aunque no creía que la hubiera, cada vez que fantaseaba acerca de la posibilidad de su existencia, sentía pavor; tenía miedo de que esa otra vida fuese no algo mejor, sino peor que la que corresponde a nuestra existencia mortal.

Pero hoy eso no le preocupaba ; hoy estaba decidido, y no fantaseó acerca de esa nefasta posibilidadad.

Se sentía a pesar de su deseo de poner fin a todo; sobrecogido por la idea de que una vez muerto ya no existiría ; ya no tendría mas conciencia de sí mismo; y se sentía abismado ante tal situación de la que en realidad ; sólo podía imaginar; pues jamás podría tener conciencia de ella en acto ; pues tal cosa sería una paradoja ; ya que ¿como podría tener conciencia de que había perdido su conciencia de sí para siempre; justo en el momento en que perdería para siempre esa conciencia de sí. Ya no sería mas un para-sí; tal y como Sartre gustaba de llamar al hombre. Menuda contradicción. Seguro que tras tanta reflexión filosófica acerca de la muerte habría quien diría que lo único que se escondía era un temor ante ella, del que uno se evade extrañamente pensando y filosofando. ¿Quien sabe?...

J prefirió subir escaleras arriba y no coger el ascensor, eso le daría tiempo para pensar y así evitaría cruzarse con demasiada gente; pues casi nadie solía subir a plantas altas usando la escalera. Ese día cuando J saltó dede la azotea del hospital no ocurrió lo que siempre todos los que habian estado cerca de la muerte decían que ocurría. Eso que tantas veces vimos en las películas malas que suelen pasar a la hora de la sobremesa; de que la vida de uno pasa por delante de sus ojos, justo cuando tiene a la muerte delante de sí. Sin embargo si que cuando subía uno a uno los escalones, J recordó dos momentos esepecialmente relevantes de su vida : recordó sus dos primeras veces. Todo el mundo solía tene una primera vez; pero J prefería para su caso hablar de dos. Una la primera vez que perdió la virginidad- tecnicamente hablando - la primera vez que estuvo dentro de una mujer; y otra la primera vez que de verdad supo lo que era hacer el amor.

Su primera primera vez no fue precisamente muy romántica; J tenia unos 15 años al igual que ella; aunque ella ya no era virgen. Subieron a un cuartillo de mala muerte, que un amigo suyo solía usar como "picadero"; y que formaba parte de un viejo chalé al lado de la playa; propiedad de la madre de su amigo. Allí había unos colchones viejos tirados en el suelo y poco más; pero era el unico sitio del que ese dia disponían. J no recordaba que es lo que él llevaba puesto; pero si que ella llevaba unos vaqueros algo gastados y una camisa de cuadros de franela. Se acerco a ella y la besó. Sus manos algo nerviosas; comenzaron a desabrochar los botones de la camisa de F. después el boton de su pantalón; que ella misma se quitó, y también su sujetador. J se desvistió rapido; no por su impaciencia, sino por los nervios que le asaltaban; aun así no se sentía incómodo. Los dos se tendieron sobre aquellos colchones viejos y el comenzó a besar torpemente sus labios y su cuello y a pellizcar suavemente sus pezones, que luego paso a lamer, mientras que introduíia con suavidad uno de sus dedos en el sexo de F que ya estaba humedo. Ella por su parte alaragó la mano hasta tocar el pene de J y comenzo a moverlo con suavidad arriba y abajo. Al poco tiempo J le pidió que parara pues sentía que si seguía asi acabaría llegando al orgasmo antes de haber podido ni siquiera

entrar dentro de ella. Así que se levantó, cogió un condón de su cartera, y para su asombro, lo desenrolló sin ningún problema sobre su miembro erecto. Se acercó de nuevo al colchón y ella separó sus piernas para que J se colocase entre ellas. Una vez dentro pudo sentir como un calor agradable envolvía su pene y comenzó a moverse adelante y atrás hasta que en cuestión de poco tiempo alcanzó el orgasmo.

Su segunda primera vez fue con M; aquella que fue y sería siempre la mujer de su vida. Fue un día de verano M y J estaban en el cuarto de él. Ese día estaban solos en la casa

y tras besarse, acariciarse y juguetear un rato; M estaba sobre la cama con el pantalón puesto pero sus pechos completamente desnudos. Tenía unos pechos grandes y turgentes, pero suaves; sus pezones y su areola destacaban sobre su piel blanca. J extendió un poco de miel sobre ellos y comenzó a lamerlos suavemente mientras estos iban endureciendose en su boca. Jamas habia acariciado o lamido unos pechos con tanto amor; ni jamas había disfrutado tanto haciendolo. La miel no hubiera hecho falta porque como J solía decirle a M, su piel era dulce y tenia un sabor y un olor que le volvia loco. Ella por su parte adoraba el modo en que J tocaba sus senos y el modo en que los lamia; siempre le pedía que lo hiciese, y el disfrutaba tanto o más que ella haciéndolo, viendo su cara de placer y escuchando sus gemidos. Esa primera vez que J pasó su lengua por los pezones cubiertos de miel de M; ella le pidió

que le hiciese el amor y el que lo deseaba tanto como ella aceptó.Terminaron de desnudarse deprisa pues no faltaba mucho para que la familia de J volviese a casa. El se tumbó boca arriba sobre la cama y ella se situó encima de el y agarró su sexo hasta introducirlo con suavidad en el interior del suyo. Ambos intercambiaron esa mirada de palcer y felicidad de quien ve cumplido un deseo realizado. Estuvo quieta durante unos segundos sintiendo a J dentro de ella y luego comenzó a mover lentamente su pelvis. J agarró sus nalgas y comenzó a masajearlas con firmeza; después se agarró a sus caderas para ayudar a M a realizar aquel movimiento que les llevaría al maximo placer. Subió sus manos hasta alcanzar sus pechos y los agarró entre sus manos estrujándolos suavemente y pellizacando sus pezones duros e hinchados. No tardaron mucho en alcanzar el climax casi al unísono; y a pesar de la brevedad, ella también tuvo un orgasmo. En ese momento el recordó lo que un viejo amigo le dijo un día: "Hasta que no lo hagas con una chica a la que quieras de verdad, no sabrás lo que es disfrutar del mejor sexo". Ahora sabía que su amigo llevaba toda la razón.

Mientras estos recuerdos le asaltaban, continuó subiendo; sin cruzarse con demasiada gente, y un poco ajeno a aquellos con los que se encontraba, pues pronto pasó ser absorbido por otro recuerdo. Se trataba de su primer contacto con la muerte. Aunque ahora, para una mente adulta, aquello parecía de lo mas ridículo. Recordó sin embargo lo trágico que aquel suceso resultó para un chaval de unos 5 años. Habían estado veraneando en casa de sus primos y un día que fueron al mercadllo su tía les compró a él y a su primo un pez de colores. Uno de esos peces de agua dulce de color naranja, que suelen venderte en una bolsa de plástico transparente para que puedas levártelo hasta casa. Pues bien, de vuelta de las vacaciones por supuesto que J llevó él pez consigo, y mientras compraban una pecera mas apropiada; su madre y él, decidieron habilitar provisonalmente una cubitera de cristal que nunca usaban, y que no pasaba de ser un adorno mas del mueble bar, como pecera. Era lo suficientemente grande como para que un pez de esas dimensones estuviera cómodo, y era lo mas parecido a una pecera que encontraron en casa. A la mañana siguiente cuando J despertó lo primero que hizó fue ir al salón a ver a su pez. Lo encontró flotando, quieto dentro de la cubitera. Ahora que volvía a aquel momento; no recordaba que nadie le hubiese hablado antes de la muerte y sin embargo cuando vio así a su mascota, supo que estaba muerta; aunque prefirió preguntar para asegurarase -al fin y al cabo sólo tenía cinco años y que sabría él-. LLamó a su madre y le peguntó que le pasaba a su pez, con lagrimas en los ojos. Quería saber porque flotaba inmovil. La ocurrencia de su madre que siempre había sido muy sobreprotectora con él; fue decirle que no se precupase, que sólo estaba durmiendo porque aun era temprano. El que no terminó de creerse aquella explicación decidió coger las pinzas de la cubitera y golpear suavemente el cuerpo del pez esperando que si era verdad que estaba dormido despertase. Pero claro está, el pez no reaccionó.

Y él como no; estuvo llorando durante horas. Intentó una y otra vez pensar como habia sabido que su pez estaba muerto. Dónde había aprendido al menos una vaga idea de lo que significaba morir; pues a esa edad y a cualquiera, nuestro conocimiento empírico y científico de la muerte puede ser muy rico, pero la reflexión filosófica en torno a ella, nunca está cerrada del todo; aunque hoy día no parezca estar de moda pensar sobre ella ni si quiera en los círculos filosóficos.

J por supuesto no creía en la existencia de ideas innatas, y por eso intentaba recordar donde había aprendido con cinco años, algo sobre la muerte. Pero no conseguía acertar de donde o de quien había conseguido aquel conocimiento.

Pero bueno, ya daba igual, ya se encontrba delante de la puerta de salida de emergencia que daba a la azotea del hospital, y su mano estaba ya sobre el tirador, dispuesta a abrir su última puerta. Al abirla el sol le molestó en los ojos el cielo que estaba lleno de nubarrones cuando salió de su casa habia dado paso a un sol brillante que proporcionaban una luz y un calor bastante agradables en esos dias de invierno. J caminó decidido hasta el balcón de la azotea y se asomó. Pudo ver que se encontraba a una altura considerable y recordó el miedo que le tenía a las alturas; aunque eso sólo ocurria cando no se sentía seguro. Por eso no soportaba las atracciones de feria. Las pocas veces que había subido a alguna en donde se mezclaban altura y velocidad lo había pasado francamente mal. Era un poco extraño, porque sin embargo cada vez que había pensado en el suicidio había pensado en que si algun día lo hiciera de todas las formas posibles de llevarlo a cabo; eligiría el saltar desde un edificio. Podía por ejemplo haber imitado a su abuelo; al que nunca tuvo oportunidad de conocer; pues ni siquiera la madre de J le conoció. Se lanzó a la vía del tren cuando la madre de J; tenía tan sólo siete meses. Para él, su abuelo, al que solo conocía por fotos, y por las anécdotas que su abuela contaba de su marido; era una mezcla de cobarde egoista, y hombre valiente. Lo primero porque dejo sola a su abuela para que criara a siete hijos pequeños; la mayor sólo tenía quince años. Y valiente; ya quehabía tenido la sangre fría de haber hecho lo que hizo, y en aquella época. Su "atentado contra la voluntad divina" -tal y como lo vio, la iglesia- le costó la pena de ser enterrado en una fosa común de la Guerra Civil; pues no era persona digna de ser enterrado en campo santo. Muchos dirían que su abuelo sólo era un loco que había decidido tirarse a la vía del tren en un acceso de locura. Su abuela solía decir que él, estaba malo de los nervios; utilizaba justamente esas palabras.

No obstante para J el suicidio no estaba reñido con una decisión racional y razonable. Pero en ese justo momento preferió dejar de pensar y pasar a la acción. Sabía que los filósofos nunca habían destacado precisamente por por ser hombres de acción; pero si por pensar sobre el suicidio y llevarlo a cabo. Pronto sin embargo; decidió apartar ésa y cualquier otra ocurrencia extravagante que le asaltara de su cabeza, y pasó al otro lado del balcón. Ya no había barandilla; sus pies descansaban sobre una estrecha cornisa; y ya nada le separaba del vacío. Aún continuaba con sus manos agarrado la barandilla; pero no por mucho tiempo, puesto que inclinó su cuerpo hacia adelante y se soltó... Y así fue: Sentía la velocidad en todo su cuerpo, una fuerte atracción que crecía conforme mas cerca se encontraba de su fin

hacía que sintiera una enorme presión en el pecho, cque fuera a explotar o a desintegrarse antes de que su cuerpo chocara contra el suelo. Había oido que mucha gente moría antes de tocar el asfalto a causa de un infarto al corazón. Sin embargo nada de éso ocurrió. Tampoco vio pasar su vida delante de sus ojos y entonces se dió cuenta que toda aquella mitología creada en torno a la muerte no era sino un modo de hacer mas romántico y mas bello aquel suceso tan complicado y trágico, como simple y falto de tragedia alguna. Todo ésto pasó por la cabeza de J, en los pocos segundos que duró su salto y justo cuando aún consciente, estaba apunto de estrellarse contra el suelo, y podía ver con claridad suma, la acera de baldosas blancasy rojas contra la que se estrellaría...

Justo entonces ,se despertó sobresaltado y empapado en sudor, en su cama... Todo había sido un sueño. Y quizás un sueño; en todos los posibles sentidos de la palabra. Algo irreal; que no había ocurrido, y algo que posiblemente deseaba. Como la gente que sueña con ser millonaria. Ya eran casi las siete así que decidió apagar la alarma del despertador antes de que sonara y levantarse.

Tenía que impartir una clase a las ocho y media; y el instituto no estaba demasiado lejos de su casa, pero a J le gustaba desayunar tranquilo, sin prisas y luego, sentarse en el baño a leer tranquilamente. Tras éso solía cepillarse los dientes y afeitarse, si es que tenía demasiada barba, porque no solía afeitarse con frecuencia, llevaba perilla y en ocasiones esta se confundía con la barba de tres días. Después se duchaba se ponía su colonia y desodorante habituales, se vestía e iba anadando hasta al instituto, que por suerte estaba aunos quince minutos de su casa. Pero ese día, trás cruzar la puerta no iría al instituto; no atravesaría la calle en direccion a la avenida sino que tomaría el camino opuesto y subiría al autobús...



¿Identificación,Fantasía,Sublimación?






15/08/2006 11:49

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Autor: Celia

Me ha gustado lo del final circular. Porque en realidad la muerte es principio y fin de todo, aunque nosotros siempre preferimos centrarnos en lo que hay en medio, convirtiéndo los círculos en falsas líneas

Fecha: 17/08/2006 07:30.


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